Vivimos bajo un mismo cielo aunque divisemos distintos horizontes

9 de Mayo – Ecos de la URSS

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Hace unos días, con motivo de los preparativos del 9 de mayo, día de la victoria de la URSS sobre la alemania nazi,  mirando las web de noticias vínculo a vínculo, internet me acabó llevando a un foro de una de las zonas separatistas ucranianas y leí el comentario de una mujer que decía más o menos: “¿Y qué mal había en la Unión Soviética?  Descanso en sanatorios gratis, helado por 20 kopeks”… Yo tuve ganas de preguntarle si se acordaba también de cómo los niños más atrevidos pedían chicles a los extranjeros en los hoteles Intourist. Pero el foro era separatista y mis preguntas numerosas…
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Yo nací en los años de la “guerra fría” y la época de Brezhnev me tocó vivirla en la escuela. La de la “flor del socialismo” justo después, en el instituto. Conozco bien el mencionado helado “por 20 kopeks”… y también las largas colas para comprarlo.

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Brezhnev 1

Leonid Brezhnev © David Levine

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Existían 3 tipos de helado. 28 kopeks: de chocolate con palita, 22 kopeks: en vasito de gofre, y 19 kopeks: blanco con palita. Cerca de mi escuela había 3 kioscos de helados, pero helados no siempre había, y si aparecían, saliendo de la escuela nos decíamos entre amigos “¡oooh, dan helado!” e íbamos a tomar la cola. En aquellos tiempos esa frase era típica y deseada. “Dan…”. O mejor, se pronunciaba “tiran”. “Ayer en la zapatería de la esquina han tirado sandalias húngaras, ¿no sabías?”. Yendo por la calle alguna vez se podía ver una cantidad enorme de gente que, como si fueran a asaltar el alcázar del enemigo, intentaban acceder a alguna tienda. Entonces en ese enjambre se buscaba un rabito que saliese como el de una coma, y te situabas al final de la cola. Preguntabas a los que estaban delante “¿Qué dan?”. Lo normal era que te contestasen “no lo sé”, pero te quedabas tomando la cola porque nunca se sabía…

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Tomar la cola

El espectro de posibilidades era muy amplio: de libros a pañales (con una carencia perpetua, en el fondo todo te podía servir). Esperabas que detrás de ti se uniera otro afortunado como tú para pedirle permiso para “ir a averiguar” y empezabas así a penetrar dentro del enjambre. Cuanto más dentro, más presión. A la altura de las cajas con artículos, la densidad llegaba a presión de reacción termonuclear. Para algunos los viajes así terminaban con botones arrancados, pero salían felices con sus cajas. A menudo la ropa y el calzado se compraban sin probar; la atmósfera de presión y alboroto lo hacía imposible. Pero no importaba, cualquier artículo extranjero aunque tú no pudieras meterte dentro, se vendía muy rápido entre tus compañeros de trabajo o en un aseo público en caso extremo.

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Me acuerdo de los zapatos de mi mamá de tacón muy alto que yo me ponía en secreto cuando ella estaba ausente de casa. Me dirigía al espejo de su dormitorio a contemplarme y sentir cómo se ve el mundo a esa altura. Al final mi mamá no pudo llevar un tacón así, y tomó la decisión de venderlos. Luego me comentó que se los compraron antes de llegar a los aseos.
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Una vez ya estudiando en el instituto, después de las clases, mi amiga Ludka y yo vimos una cola en la que daban nadie sabía qué, y la tomamos. Cuando se acercaba nuestro turno nos enteramos que eran hilos de coser. Yo no necesitaba hilos de coser, pero después de tomar la cola 2 horas, ¿qué podía hacer? Compré 6 bobinas porque daban solo 6 por persona. Hoy día en mi casa aún se conservan 4 de ellas. Eran colores de poco uso.
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Caviar y plátanos

Recuerdo también la primera vez qué probé caviar. Sucedió en la cantina del Operniy Teatr de Kiev. Sí, en aquellos tiempos la gente iba al teatro, te gustase o no. Era normal mostrarse a los demás manteniendo cierto nivel de cultura. Además, era el único sitio accesible para un ciudadano soviético donde podía probar caviar, buenas salchichas y otros manjares. El caviar me gustó y mi papá no paraba de traerme bocaditos. Al final del segundo acto la vendedora le preguntó “¿por qué no le compra una bandeja entera en vez de llevárselos de uno en uno?”
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Tengo un amigo español que siempre me pide: “cuenta lo de los plátanos”… Pues cuento.
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Era la década de los 80, con la edad de 13 o 14 años mi amiga Yara y yo íbamos en trolebús. Recuerdo que era primavera en Kiev. El nº5 entonces tenía la parada final en metro Universitet, luego daba la vuelta alrededor de San Vladimir y detrás de la catedral daba otra parada, la primera de la ruta de regreso. Habíamos subido al trole en la parada final para ir sentadas porque en la primera de vuelta se colapsaría de gente. Hicimos la vuelta, se llenó el bus (a pesar de nuestra preocupación no hubo mucha gente) y las puertas ya empezaban a cerrarse cuando Yara los vio en una pequeñísima tienda de medio sótano en frente de la parada, … mi amiga gritó como un apache: “plátanos!!”. Yo salté del asiento y me tiré a fuera tras ella. Las puertas casi me pillaron los talones y el trolebús arrancó del sitio, por eso no tuvimos miedo a que nos siguiese la avalancha.
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Ya dentro de la tienda revolvimos nuestros bolsillos y conseguimos juntar suficientes kopeks para siete plátanos. Volví a casa con tres plátanos y cara de vencedora (uno comimos por el camino entre las dos). Estaban verdes, pero aún así riquísimos. Mis padres dijeron que madurarían pronto, así que los dejamos solemnemente en el balcón, donde más sol había. Cada día yo iba comprobar cómo estaban, pero mi paciencia se agoto pronto y al cuarto día los comimos como estaban.
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Esa fue la primera vez en mi vida que vi plátanos fuera de un libro. Mis primeros plátanos y los únicos hasta la siguiente década tras la caída del socialismo.

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Noviembre 1990  Moscú, plaza Pushkin.  Primer McDonald’s en la Unión Soviética

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Por aquel entonces yo estaba en Moscú estudiando mi posgrado y recuerdo las colas que se formaban los primeros meses. Aunque esto no era carencia, era una muestra de lo bien entrenados que estábamos los soviéticos en el noble arte de la espera.

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Educación laboral

Me acuerdo de un día que en la escuela nos dejaron después de las clases para hacer limpieza del aula. Trabajos así nos organizaban de vez en cuando… “educación laboral” lo llamaban. Esta vez tocaba lavar ventanas. Antes terminas, antes te vas. La mamá de una chica le pasó un espray (extranjero, como no), especial para lavar cristales. Esta vez trabajábamos todos en silencio, clavando a la chica miradas de envidia bajo la vigilancia inquisidora de la jefa de grupo, la profesora de química (aquella era una de sus alumnas favoritas), y ésta, cuyas mejillas de repente se sonrojaron al terminar su limpieza, recogió y se marchó. Mientras nosotros con palanganas, agua y jabón solo empezábamos a disolver el barro.
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Nuestros jóvenes cerebros, aún no contaminados con ideologías se hacían preguntas: ¿por qué es malo vestirse a la moda y con gusto? ¿Por qué es necesario ser como todo el mundo? ¿Por qué no hay nada bueno que comprar? Nos explicaban que nuestro país acababa (30 años??!!!) de salir de una guerra.  Que el oeste “se pudre según el plan” y nosotros construimos comunismo y no podemos caer en el culto al consumo. Que jeans es propaganda y aquí tenemos otros valores…  Pero nosotros no entendíamos por qué esos valores nos exigían rompernos los dedos en aquellas botas tan incómodas, made in URSS.
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Jeans

Con 12 años fui al cine con mi amiga Sveta y estando ya en la sala esperando la sesión con las luces aun encendidas, justo delante de nosotras estaba también un grupo de jóvenes. Una chica estaba de pie y se inclinó hacia delante para hablar con alguien de su grupo que estaba sentado en la fila de delante, mostrándonos así su trasero enfundado provocativamente en unos jeans, que además tenía en el bolsillo de atrás (oh, horror!) la bandera estadounidense. El pantalón era bueno y la bandera grande. La sesión tardaba en empezar y mi amiga perdió la paciencia y me dijo en voz baja: “ellos nos quieren echar una bomba encima y esa lleva su bandera”. Sveta no tenía jeans. Yo tampoco. Le conteste simplemente que “si…” y empezó el cine.
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Mis primeros jeans lo tuve mucho más tarde y no eran de marca como el de aquella chica. Se llamaba “Delfín”, eran polacos y eran igual que el de mi amiga Yara. Era lo que había. La misma suerte en la compra les tocó a nuestras mamás.
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Alexey

Cada semana, los jueves teníamos clase de “politinformación” y era el peor día de la semana porque teníamos que estar en la escuela a las ocho, media hora antes de lo habitual. Teóricamente, cada uno de nosotros tenía que preparar un corto informe, igual que los deberes de casa. Lo del informe era tan normal no prepararlo que nadie pensaba en eso, ni el profesor creía en ello porque después de una pregunta condenada “¿tú tampoco lo has preparado?” y un suspiro, empezaba él a contar sus historias. No puedo jurar que eran políticas, sinceramente, no me acuerdo de ninguna. Pero de un caso sí me acuerdo…
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Había un chico, que empezó con nosotros y desde el primer día de clase se mostró como muy buen alumno. Pero pronto lo perdimos… temporalmente. Como decían los rumores, sus padres tenían que ver con el cuerpo diplomático y nuestro Lesha se fue con ellos a Cuba. Volvió unos 5 años después, ya mayor, ya moreno y ya hablando español, todo rodeado de ese aroma de extranjerismo, de frutas y bailes tropicales, diplomacia y no sé qué. Por supuesto todavía era el mejor alumno. Él salió con un discurso ante todas las clases de nuestra escuela en una “regla”. Así se llamaba cuando a todos nos hacían salir una vez cada tres o cuatro semanas a formar en fila en el largo corredor de la escuela. Luego salía la directora y tras unas frases daba la palabra a la jefa de estudios. Delgada, rubia, con los labios siempre apretados y las cejas siempre fruncidas. Cuando empezaba a actuar, sus ojos lanzaban relámpagos destinados a matar a los tiburones del capitalismo, tanto a un Rothschild como a alguien de rango menor, qué decir ya de un penoso alumno al que le nacieron varias dudas en su cabeza.
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Esa nombrada “regla” era su tiempo, su momento estelar. Era tan grande su enfado por nuestra poca conciencia que entre sus frases, a pesar de la presencia de tanta gente, se podía oír sólo su furioso respiro y el vuelo de una mosca. Sólo una vez cedió su palabra a otra persona. Y nuestro Alexey… ¿qué dijo? La verdad, no me acuerdo. Ni me importa. No importaba tanto el qué, sino el cómo. Todos rompimos en aplausos. ¿Qué les daban de comer en Cuba?

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Tareas

Ya en los últimos años de escuela nos dieron unas libretas y obligaron a memorizarlas. Se llamaba “Las tareas de uniones de juventud”. Era una pequeña libreta, color rojo con el perfil de Lenin en el forro y formato de bolsillo. Cómoda para tenerla siempre consigo y sacarla en cualquier momento para refrescar la memoria con las eternas verdades del joven comunista. Se decía que los primeros komsomoles la llevaban en el bolsillo del pecho, cerca del corazón, regándola así con su sangre komsomolista. Pronto nos reunieron para comprobar qué tal nos iba el aprendizaje. La jefa nos miraba con sus ojos de águila y nos hacía levantar uno por uno, y así el siguiente alumno como el anterior se ponía de color remolacha y balbuceaba en su defensa los motivos de fuerza mayor que no le dejaron aprender…

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Pioneros, paso previo a Komsomoles

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Recuerdo bien un día. Fuera de la habitación reinaba el mes de mayo, eran los primeros días de verdadero calor. Mucha gente tenía las ventanas abiertas y el aire fragante desperdigaba la primavera por las viviendas. Por eso se entendió bien la explicación de mi amiga Yara, que dijo que no aprendió ese día porque la libreta “se me fue volando”. Y tapando la boca con la mano me susurró “…al váter…” Pero bien, aparte de ideología que no se la creía nadie, no puedo decir que la educación primaria fuese mala. Lo único es que teníamos poca motivación. El estudiar bien al parecer no prometía mucha ventaja en el futuro. La formación ideológica pesaba más que tus conocimientos. Un día mi amiga, señalando a dos gemelas de la clase contigua, me dijo: “¿Ves? Una de ellas estuvo en un campo especial por contar un chiste político”.
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Radio y televisión

Los amantes de la Unión Soviética, ¿os acordáis de la televisión de entonces? Por si no, les recuerdo. Aparte de unas 10 películas que siempre gustaban a todos ¿Os acordáis de las interminables sesiones del PCUS?  De las películas de los directores de las fábricas soviéticas, tan nobles y tan conscientes que todo el mundo sabía que no existían en la naturaleza. Las últimas noticias donde todo era “por” y nada era “contra”. De los éxitos de construcción del comunismo que nadie vio…
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Y los domingos a las 18.00…ja! Recuerdo el programa aunque fue hace 30 años, “Panorama internacional”. Con esa música y esas imágenes de rascacielos y de carreteras que nunca tendríamos. Y luego en contra de lo mostrado… ¡qué mal se vivía en el capitalismo! Ah, y otro programa, “El club de video viajes”, cuando el presentador, muy agradable, nos contaba sobre sus múltiples viajes. El programa revelaba muchas preguntas de historia y geografía: quién, por qué y cuándo. Pero al soviético se le ocurría solo una: ¿cómo?
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Teníamos 3 canales estatales y una radio que reproducía la voz de Brezhnev y música popular. Este aparato tenía un enchufe especial que todavía queda en mi casa, está sin uso y aún conserva los fantasmas del pasado. Parece que si hoy día enchufo allí algo, de repente fluirán los sonidos solemnes y roncos del XXV Congreso del Partido Comunista acompañados con aplausos apasionados.

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Telón de Acero 

Una vez al año la cortina de hierro se entreabría oficialmente y presentaba ante nuestras miradas de admiración las “Melodías y ritmos del escenario exterior”. Una vez, en una de esas noches mágicas de la Noche Vieja, después de la parte oficial, después de un poco de canciones soviéticas y un poco de humor controlado; así como a las 2 o 3 de la madrugada conocí a Boney M y ABBA, Gloria Gaynor y un par de otros más. En mi casa había unos cinco discos de esos, cada uno de dos canciones y me encantaba oírlos, pero aun más me encantaban los que escuchaba a medio oído saliendo desde alguna ventana lejana, pequeños tesoros en manos de aquellos agraciados que tenían algún fino contacto en el exterior que les permitía arrastrar hasta sus casas estos artículos tan codiciados desde el otro lado de aquellas fronteras tan inabordables y tan lejanas.
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Carencia

Aparte de la falta de jeans, la economía soviética a veces daba un rizo y desaparecía de la venta algo tan normal como el jabón o la mayonesa. La gente defendía mortalmente en las colas su derecho a lavarse o a hacer ensaladas. Esto podía durar varios meses y justo cuando cada hogar tenía reservas de mayonesa o jabón para los próximos cinco años o dos o tres guerras nucleares… aparecían de nuevo.

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Había tiendas especiales para ciertas categorías de ciudadanos. Para los veteranos de la Gran Guerra Patria y para unos pocos felices que les tocó trabajar fuera del país. Acceder a ellas era imposible para la gran mayoría, y esto hacía que la gran mayoría odiase en silencio a los pocos elegidos. De la misma forma repartían otros bienes, tales como viajes programados y de descanso en los famosos balnearios del mar Negro. El principal problema es que la Unión tenía mucho de país y poco de costa y cada verano, un soviético como miles y miles de otros iguales, empezaban a tomar la cola en sus departamentos, ahogados por conseguir su ansiado billete al sur, donde pasaría las vacaciones con la familia en una especie de palomar.
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Una vez ya en la costa recuerdo que uno de nosotros madrugaba e iba a la playa con nuestras toallas a ocupar el sitio para el grupo. Más tarde alguien, a menudo era mi papá, se levantaba de la playa e iba al comedor para tomar la cola. Al cabo de una hora, hora y media, los demás sabíamos que ya podíamos recoger las cosas y unirnos a mi papá porque nuestro turno ya se acercaba. Un soviético estaba acostumbrado a tomar colas. No por ahorrar dinero. Un viaje a un famoso balneario-sanatorio no valía mucho. El problema era que no había para todos. Esos viajes programados se repartían entre las familias de comunistas del Partido y familias de komsomoles de rango mayor. Entre sus conocidos útiles y sus familiares, y amigos de los familiares de los conocidos, aunque estos fuesen ya inútiles.
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Ah, por cierto, no sé si le consta a la estimada tipa del foro, que la gente así se les llamaba popularmente “Putas de Obkom” (OBKOM: Comité Regional del Partido).
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Esto de madrugar para tomar colas en el pasado, dejó secuelas hasta hoy día en las costumbres de la gente. Mi amigo, cuando viene a Kiev de visita, siempre me cuenta que da igual el tiempo que adelante su llegada al aeropuerto para facturar. En un vuelo a Ucrania: “Da igual con cuánta antelación factures…  ellos siempre están ahí”.
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Yo, con mi bagaje soviético le pregunto a su vez: ¿por qué en España aunque las colas son infinitamente menores se tarda el mismo tiempo que se tardaba en las soviéticas? ¿Tendrá algo que ver que cuando toca pedir, la gente cuenta su vida y milagros al vendedor? Antes en Kiev, en una situación así, uno no sobrevivía ni 15 segundos. Ahora te recordarán desde la cola que “¡aquí se viene a comprar!.

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II

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Imagínese que usted va en un bus. El bus va completo y todos los asientos están ocupados, y en uno de los últimos se ha colocado un gamberro. Éste, además que ya va bebido, de vez en cuando saca de sus bolsas otra botella de alcohol y cuando mueve sus pies, desde sus cosas de abajo se oye el sonido del cristal chocándose, lo que no deja esperanza alguna a que pare. Grita canciones y tacos y huele a resaca. La peor suerte la tiene el que va a su lado y los vecinos de delante, que se vuelven preocupados mirando hacia atrás ¿ellos qué saben? ¿Y si el borrachín les pega un golpe en la cabeza? ponte a discutir con este individuo… Sus gritos se oye por todo el autobús y la gente callada solo espera que salga pronto ¿qué pueden hacer? él compro su billete igual que los demás y tiene el mismo derecho a ir. Esto es algo que no ocurría en época soviética, pero a cambio sucedían muchas otras.
Se acerca la siguiente parada y todo el pasaje desea que baje, pero el borracho no sale…

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Propaganda

Si alguien me pregunta si funcionaba la propaganda soviética, mi opinión… es que sí. En particular, su principal función como yo lo veo, consistía en infundir a un soviético la idea de que la vida es “así”.  Que la libertad es una alegoría artística y que las luchas posibles ya se acabaron con la revolución de octubre. Y si ahora algo no está bien, es solamente un pequeño defecto que se arreglará cuando construyamos el comunismo finalmente. Es como debe ser. ¿Sabéis lo que pensaba yo de la vida de antes? Que antes de la revolución de octubre la vida era… que no era. Que todo aquello era como si fuese prehistoria. Que vivían tan pobres soportando el yugo capitalista y del zar, sin educación ninguna, muriendo de hambre y frio. Pensaba ¡qué suerte tenía yo al nacer después! La propaganda era tan así que no imaginábamos cómo era salir a la calle a reivindicar lo que fuese.

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Kiev. Vista desde la actual plaza Maidan Nezalezhnosti
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Era inimaginable que pudiéramos mostrar una protesta a los poderes del país, cuyo gobierno parecía eterno e inderruible. En cambio acudir a un desfile era obligatorio. “Voluntariamente-obligatorio”, como se decía. Si no sales: represión. O sin premios. O lo que hacían con nosotros los estudiantes: los que no aprobaban exámenes, a participar en la manifestación para tener otra oportunidad. O por un “aprobado” incluso. Así es como me sucedió el año de Chernóbil. Aunque el desastre ocurrió la noche del 26 de abril, salimos voluntariamente-obligados el 1 de mayo sin saber aún nada de la tragedia.

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Ese día teníamos que reunirnos temprano en nuestro instituto y esperar las órdenes del encargado, que era uno de nuestros profesores. Aquel día nos juntaron con una columna de obreros de Arsenal, la emblemática fábrica de instrumentos especiales de Kiev. Yo me agarre a una carroza o plataforma que empujaban los obreros. Una parecida a las que usan en el carnaval de Brasil, pero en vez de chicas semidesnudas bailando samba, nuestra plataforma contenía un papier-mâché de Marx y Lenin, adornado con materiales de tonos rojos. Mis compañeras estudiantes y yo proseguimos hasta un punto en el que nuestro encargado nos perdió de vista. En ese momento, como si escucháramos una orden, nos desenganchamos de la plataforma y nos las piramos como si nos llevara el viento. Nadie nos siguió ni nos dijo nada.
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El instituto tenía la consigna de presentar a tanta o cuánta gente, y cierto que presentó. Si luego se evaporaban… sobre este asunto el instituto no tenía instrucciones, así que nosotras ya podíamos tener el día a nuestra disposición. Estábamos recién salidas de Khreschatik, la calle principal de Kiev, por donde seguía corriendo el río rojo con las plataformas de Lenin y de “Paz, Labor, Mayo”… y pensábamos cómo podíamos pasar ese soleado día de “labor”. Yo propuse ir al río, pero mi amiga Tanika soltó un muy decidido “¡no!”. Su padre le dijo la noche anterior que le dijo un amigo suyo, que en su trabajo dijeron que alguien les habían dicho… que en el río Dnipro, aguas arriba, había un escape de algo contaminante.
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Esos fueron los primeros toques de información sobre el desastre más grande de Ucrania desde la Guerra. El aviso del amigo del padre no era el único. Estos días también podíamos percibir algo inusual. En Kiev de repente no quedó ni un solo bus. Eran días festivos sin que la gente tuviera que ir a sus trabajos.  Aquel año el 1 de mayo cayó en miércoles, con lo cual dos días antes tuvimos fin de semana. Muchos también se fueron al campo, como una compañera de mi mamá… 
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El lunes 29 de abril mi mamá al llegar a su trabajo escuchó una historia impresionante. Su compañera Polina y su marido salieron el sábado a pasar dos días en el campo al norte de Kiev en tienda de campaña. Llegaron, pusieron la tienda, sacaron las cosas y cuando llegó la hora de comer… se percataron que habían olvidado llevar pan. Entonces cogieron el coche y fueron hacia la carretera, al próximo pueblo. Pero en la carretera vieron algo que les preocupo de verdad… muchos buses, muchos coches, camiones… cientos y cientos de vehículos yendo todos en la misma dirección, fuera de Prypiat, la zona de Chernóbil . La pareja no reflexionó mucho, volvieron, recogieron su tienda y a casa. Así que no se puede decir que la noticia nos cayó como un alud. La mayoría ya estábamos preparados para oír algo espantoso, eso sí, seis días después de la catástrofe.
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9 de Mayo

Ayer pregunté a mi mama si alguna vez iba al desfile del 9 de mayo. Me dijo que no, porque el desfile militar era una “fiesta” cerrada para los destacados, pero manifestaciones del 1 de mayo sí, porque era obligatorio en su época. Es cuando ella estudiaba en la escuela, porque aunque nacida en Gómel, Bielorrusia, su origen está en Sumy, una ciudad pequeña al noreste de Ucrania, cerca de la frontera rusa. Dice que le gustaba, porque era fiesta, porque después del desfile, ya que estaban reunidos todos, iban a pasar la fiesta en compañía de los amigos y me imagino sin preguntarle que gritaban “Gloria al PCUS” con el mismo gusto que se reían con sus chistes. La manifestación era un impulso a pasar el tiempo juntos y alegremente.

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Kiev. Vista de lo que es ahora Maidan Nezalezhnosti
Al fondo, el actual hotel Ucrania.
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Ya viviendo y trabajando en Kiev, aunque ir a la manifestación era como dije “voluntariamente-obligatorio” la empresa de mi mamá no era una de las que tocaba mandar a sus trabajadores. A la ciudad le sobraban grandes fábricas para presentar suficiente gente en fiestas así.
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Tiempo después la Unión Soviética se disolvió y las fábricas grandes se disolvieron con ella. Unas se privatizaron, otras se convirtieron en centros comerciales, algunas se comercializaron y prosperaron, otras solo conservan sus ruinas que todavía puedes encontrar en la capital y más aún en los regiones. Alguna vez paseando por la ciudad, mirando la planta antigua que elaboraba esas enormes piezas para naves espaciales y ahora anima a los visitantes a ver un cine o tomar café, mi mamá suspiraba tristemente. Entonces le preguntaba: “¿te gustaría volver a la Unión Soviética?” Ella guardaba silencio cierto tiempo, recordando algo dentro de sí, luego me contestaba bajito: “no”.
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Mi mamá que vivió de joven el gobierno de Stalin, el deshielo de Khruschov, la “cortina de hierro” de Brezhnev, la inflación postsoviética que convirtió los ahorros de toda su vida en un capital con el que poder comprar una pequeña chocolatina. Mi mamá que vio cómo su prometedora pensión de viudedad de ingeniero mayor se convirtió en el mínimo de subsistencia vital. La conversión de la potencia industrial, una de las mayores del mundo, en una mafia… y aun así, era un “no”.
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Los niños de aquella época al parecer los dejaban vacunados contra la dictadura y con inyecciones de respeto inexplicable a los valores occidentales. Mi mamá no cree en el “buen zar”, tampoco cree en la ayuda exterior. La verdad que no cree en ayudas de ningún tipo. “Europa no nos quiere” son sus palabras de siempre. Es la discusión entre su generación y la mía. Lo único que cambió este  año es que a la pregunta de siempre, ella me contestó: “sí”.

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…El bus corre por el camino avanzando a su destino. Anochece, los pasajeros intentan dormir cada uno como puede, unos tapándose los oídos, otros se envuelven en sus abrigos. El chofer saca un termo y da un buen trago de café.  Sólo el borracho sigue gritando sus canciones. Está muy feliz.

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