Vivimos bajo un mismo cielo aunque divisemos distintos horizontes

CRIMEA, dos años después de la anexión

Crimea, la obsesión de Putin

Dos años después del estallido de un conflicto que agitó el fantasma de la Guerra Fría, Rusia exhibe en Crimea sus glorias imperiales.  El entusiasmo inicial se ha apagado entre la población autóctona, pero persiste el apoyo a Moscú pese a la corrupción, las expropiaciones arbitrarias y el acoso a la minoría tártara.

Moscú basa su dominio actual de Crimea en el referéndum del 16 de marzo de 2014, realizado bajo control militar ruso y no reconocido por la Asamblea General de la ONU. Según los organizadores, un 96,7% de los votantes se pronunció por integrarse a Rusia. El grueso de la población de Crimea (2,28 millones de personas, según el censo de Moscú de 2014) está repartido en tres grupos: los rusos (1,49 millones, el 65,3%), los ucranios (350.000, el 15,1%) y los tártaros (280.000, el 12%). De las tres comunidades, la tártara es la más antigua, pues sus raíces en la península llegan hasta el siglo XIII.

La adaptación a las nuevas realidades varía de una comunidad a otra. Los rusos descubren que la Rusia real no es el país con el que habían soñado, lo que no significa que se arrepientan de su elección. “La gente aquí estaba muy ilusionada con Rusia, pensaba que la vida sería mejor, pero no ha sido así”, afirma, en una cena casera, una pareja de intelectuales de Sevastopol. Mis anfitriones se quejan de la subida de los precios, de la burocratización de los servicios sanitarios, de los médicos que dejan el trabajo tras ver reducidos sus sueldos. Critican que los funcionarios se han multiplicado y que la corrupción y la especulación inmobiliaria continúan e incluso, dicen, han aumentado.

Antes del referéndum, los políticos de orientación prorrusa tranquilizaron a tártaros y ucranios con promesas (posteriormente incumplidas) como las garantías de que podrían usar sus lenguas a la par que el ruso como idiomas oficiales. Transcurridos más de dos años, las comunidades de ucranios y tártaros se han visto debilitadas por el éxodo de miles de sus miembros al territorio continental de Ucrania. En cambio, Rusia, como un amante retornado tras larga ausencia, afirma su presencia en Crimea con pasión, a veces con narcisismo y también con celos de lo que no controla, incluidas las tradiciones y la identidad de las otras comunidades locales. Las autoridades, de hecho, han impuesto el pasaporte ruso a los habitantes de la península, que en su mayoría conservan también el ucranio. Quienes se negaron a convertirse en rusos son hoy extranjeros, prácticamente sin derechos, en su propio territorio.

Del templo ortodoxo de Alexandr Nevski de Simferópol ha desaparecido el agradecimiento a los mecenas ucranios que financiaron la restauración durante años y en su lugar hay un letrero para reconocer al nuevo patrón: el presidente Vladímir Putin. Los políticos locales, muchos de los cuales cambiaron de chaqueta tras servir en la Administración ucrania, se refieren a su antigua patria como a un “país vecino” y hostil. La amnesia dominaba también en el Foro Económico de Yalta, que el pasado abril invitaba a invertir en empresas expropiadas, como si sus antiguos dueños jamás hubieran existido

En Crimea discurren en paralelo un proceso de desamarre de Ucrania y otro de amarre a Rusia. El aeropuerto de Simferópol, desde donde antes se volaba a Nueva York o a Estambul, se comunica hoy solo con el territorio ruso, aunque el número de conexiones se ha multiplicado y se han tenido que habilitar nuevas instalaciones para el turismo masivo barato que Moscú incentiva.

Viajar desde Ucrania continental a Crimea es fatigoso y complicado. El tren Kiev-Simferópol dejó de funcionar en diciembre de 2014 y la única forma directa de llegar por tierra es por los incómodos puestos fronterizos enfrentados (ucranios y rusos) en el istmo de Perekop. Vejatorios registros, inquisitivos interrogatorios, permisos especiales y horas de espera caracterizan la experiencia, y los taxistas que cubren el trayecto aseguran dar sobornos regulares en uno y otro lado.

Para liberarse de Ucrania, Rusia construye un puente sobre el estrecho de Kerch. A finales de abril, los obreros trabajaban febrilmente y los camiones vertían tierra y escombros para afianzar los pilares sobre los que se apoyará el puente, de 19 kilómetros. De cumplirse las previsiones, el puente estará listo a finales de 2018 para el tráfico automovilístico y a mediados de 2019 para el ferroviario. Una empresa de Arkadi Rotenberg, amigo de la infancia y compañero de yudo de Putin, es responsable de las gigantescas obras con miles de trabajadores.

puente-rusia-crimeaEl puente parte de la península de Tamán

 

Rusia necesita tiempo y dinero para sustituir a Ucrania en Crimea. Para compensar el bloqueo eléctrico, ha tendido cuatro cables de alta tensión submarinos por el estrecho. El gran desafío es, sin embargo, el agua. En abril de 2014, Ucrania cegó el canal del norte de Crimea, una de las grandes obras de las Juventudes Comunistas (el Komsomol) realizada en los sesenta. El canal, de 400 kilómetros, regaba con el agua del Dniéper toda la árida zona norte de la península y aseguraba el 35% del consumo humano.  El agua del Dniéper se pierde hoy en el mar, mientras en Crimea los arrozales se han secado y los cereales han reemplazado a las frutas y hortalizas en la tierra sedienta. De momento, recurren a los ríos, los embalses y a los recursos subterráneos, pero Serguéi Chínov, el responsable del regadío en Nizhnegorski, advierte que el agua puede volverse salada, y la ingeniera Nadezhda Kulikova califica de “imprescindible” el canal, en el que trabajó durante 46 años. “Esta agua era para casos de catástrofe, y la catástrofe ya llegó”, dice Kulikova junto a una de las tres estaciones de bombeo subterráneo en construcción para abastecer a las ciudades del este de la península. “El agua que sacamos no se restablecerá en decenas de años y todo lo que saquemos será poco”, sentencia.

El gobernador de Sevastopol, Serguéi Meniailo y la fiscal de Crimea, Natalia Poklónskaya, son los antihéroes locales para muchos. Al primero le atribuyen un tosco autoritarismo soldadesco, y a la segunda, una inflexibilidad miope.

natalia-poklonskayaNatalia Poklonskaya, fiscal de Crimea hasta septiembre de 2016.
Actualmente diputada de la Duma Estatal por el partido Rusia Unida.

 

Contra Meniailo protestan los empresarios de Sevastopol, que ya en agosto de 2015 mandaron a Putin una carta avalada por 22.500 firmas.

Tras el referéndum, los dirigentes de Crimea nacionalizaron las propiedades del Estado ucranio en la península y continuaron después con su celo expropiador. Ejecutadas con ayuda de las denominadas “fuerzas de autodefensa” dependientes de Axiónov, las expropiaciones afectaron a los oligarcas ucranios, pero también se extendieron a los bienes de personas físicas y jurídicas, tanto rusas como ucranias. En abril de 2014, el Consejo de Estado de Crimea (Parlamento local) confiscó 242 empresas, con miles de propiedades entre solares, edificios, instalaciones, equipos, hoteles y residencias. Entre las expropiaciones está la fábrica de productos lácteos, la panificadora, la red de autobuses y los estudios cinematográficos de Yalta. “Lo sucedido no es una nacionalización, sino un saqueo. Según la legislación federal rusa, no se puede expropiar sin decisión de los jueces, pero las autoridades de Crimea han establecido sus propias normas para quedarse con cualquier propiedad y sin ninguna compensación”, afirmaba el abogado Zhan Zapruta.

En junio, el Gobierno ruso comenzó a reaccionar ante el saqueo y ordenó a los dirigentes de la península que elaboraran un mecanismo para devolver la propiedad incautada a las personas físicas y jurídicas expropiadas. Si esto sucede, es previsible que los altos tribunales del Estado, adonde han ido a parar los recursos de casación de los expoliados, dicten sentencias a favor de estos.

Para disfrute de los dirigentes rusos, el Kremlin gestiona hoy las dachas donde residieron los líderes del Estado soviético como Josef Stalin, Nikita Jruschov, Leonid Brezhnev y Mijaíl Gorbachov, y también el campamento de Artek, donde veranearon niños proletarios de todo el mundo. Según el alcalde de Yalta, Andréi Rostenko, Artek está siendo modernizado y tiene grandes proyectos. Los vecinos, sin embargo, experimentan dificultades para acceder a sus dominios por una carretera que cruza el campamento y sospechan que esto podría ser el preámbulo a la construcción de un puerto deportivo cerrado en una zona ahora pública. “Putin no ve y no escucha porque a su alrededor se ha construido un muro de burocracia. Le he escrito a él, al fiscal del Estado y al jefe del Comité de Investigación, a todos, pero las cartas vuelven aquí y van a parar a la fiscal de Crimea, que cumple las órdenes de los dirigentes locales”, dice Grach.

La fiscal, Natalia Poklónskaya, es presentada por la prensa rusa como una furiosa justiciera y vigilante. Poklónskaya ha condenado al destierro a los líderes históricos de los tártaros de Crimea y ha prohibido las manifestaciones en memoria de la cruel deportación de esta comunidad a Asia Central ordenada por Stalin en 1944. La fiscal Poklónskaya ha perseguido al Medjlis, el órgano de autogestión creado por los tártaros, hasta conseguir que los jueces lo prohibieran por “extremista”. En el sistema de autonomía de los tártaros están involucradas más de 2.500 personas que pueden ahora ser condenadas hasta a ocho años de prisión.

Las autoridades rusas desconfían de los tártaros incluso ahora que han sometido a la inmensa mayoría de esta comunidad, para la cual la fidelidad a Crimea, su tierra de origen, es por lo general más fuerte que la condición de ciudadanos de Rusia o Ucrania, pues ninguno de estos dos países eslavos han sido receptivos ante la reivindicación de una república autónoma tártara en Crimea.

Nueve activistas tártaros desaparecieron en 2014 y 2015, y a mediados de mayo estaban detenidos 18. Las declaraciones, en ocasiones radicales, de tártaros exiliados como Lenur Isliámov, el propietario del canal ATR, son utilizadas contra los que residen en Crimea. La Administración rusa, dicen, “nos convierte en rehenes del comportamiento de los que están fuera”. “En la II Guerra Mundial, Moscú acusó a los tártaros de colaborar con los alemanes. Ahora podemos ser acusados de colaborar con el Medjlis [la autonomía tártara]”. “Los cuerpos de seguridad registran las mezquitas y, obsesionados con el peligro extremista, arrestan a los que les parecen más religiosos y los juzgan como si estuvieran preparando actos terroristas”, decía Elmí Umérov, vicepresidente del Medjlis.

El 12 de mayo, fuerzas de seguridad registraron el domicilio de Umérov en Bashjisarái, la antigua capital de los janesde Crimea. A Umérov, médico, le acusaron de pronunciarse contra la integridad territorial de Rusia (por lo que pueden condenarle a cinco años de cárcel) y le han prohibido abandonar Crimea. Poco antes de que le formularan los cargos, esta corresponsal le visitó en su domicilio. El café donde nos habíamos citado en otras ocasiones ya no existía. “Lo han cerrado porque los dueños eran parientes de Mustafá Dzhemilev”, me explicó refiriéndose al líder histórico de los tártaros, ahora residente en Kiev tras ser vetado en Crimea. Una sola frase bastaba a Umérov para resumir sus impresiones de los primeros años pasados bajo el control de Moscú: “El principio básico de la Federación Rusa es la lealtad obligatoria”.

 
Extracto del artículo de Pilar Bonet para El País Semanal   26.junio.2016
 
Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona y en Ciencias de la Información por la Autónoma, también de Barcelona, Pilar Bonet completó su formación con el estudio del inglés, alemán y ruso. La Agencia EFE la contrata como corresponsal en su sede en Viena, lugar desde el que en la década de 1970 y 1980 se cubría la información de los países del Este en Europa. Tras dos años en EFE, en 1982 fue contratada por el El País para dirigir la nueva corresponsalía del diario en la Unión Soviética con sede en Moscú. En los siguientes quince años permaneció en el mismo destino, cubriendo desde la aparición y auge del sindicato libre polaco, Solidarność, hasta la caída del muro de Berlín y la reunificación alemana, pasando por la llegada de Mijail Gorbachov al poder en la Unión Soviética, el golpe de Estado de 1991 contra Gorbachov, la Rusia con Boris Yeltsin y la caída de los regímenes comunistas en los países del Este. En 1997, fue destinada como corresponsal a Alemania (primero en Bonn y luego en Berlín), para regresar en 2001 a Moscú, de nuevo como corresponsal de Rusia y buena parte de los países que forman la llamada Comunidad de Estados Independientes, antiguos países satélites del entorno soviético.

 


 

Dzhemílev: “Los tártaros de Crimea estamos peor

con Putin que bajo la URSS”

 

El líder de los tártaros de Crimea, Mustafá Dzhemílev, candidato al Premio Sájarov del Parlamento Europeo, aseguró que, “por increíble que parezca”, la situación de su pueblo es peor bajo la ocupación rusa de Crimea que en tiempos de la URSS.

mustafa-dzhemilev

Mustafá Dzhemílev

 

“Por increíble que parezca, estamos peor que con la URSS. Entonces se podía recurrir a otras instancias. Ahora es imposible. La situación es catastrófica. Somos víctimas de permanente represión por parte de las autoridades crimeas”, asegura en una entrevista por teléfono desde Kiev. A sus 72 años, Dzhémilev sigue siendo el mayor defensor de los derechos de esa minoría y su autoridad moral es más necesaria que nunca ahora que los tártaros son de nuevo perseguidos en su Crimea natal desde que la península fuera anexionada por Rusia en 2014.

“¿Quién lo hubiera pensado? Luchamos durante 50 años por volver del destierro al que nos condenó Stalin y ahora tenemos que volver a luchar. Es difícil resistir cuando te roban y matan, pero nunca nos rendiremos”, señala. El propio Dzhemílev, disidente soviético que pasó 15 años de su vida en gulag y prisiones por su defensa de los derechos humanos, nació en Crimea en 1943, pero fue deportado con seis meses a Uzbekistán. Califica de “vacías” las promesas del presidente ruso, Vladímir Putin, sobre la rehabilitación de su pueblo, la enseñanza de su lengua, la defensa de la toponimia y la cultura tártaras, y la equiparación de rusos y tártaros ante la ley. “Son vacías como todas las promesas que vienen de Rusia. Es pura demagogia. Nuestro pueblo está siendo discriminado de manera violenta. No existe el pueblo crimeo como tal. El único pueblo originario de Crimea es el tártaro. El resto son colonizadores”, dice. Y recuerda que Catalina la Grande aprobó también en su momento un manifiesto en defensa de los tártaros, “pero semanas después ordenó degollar a todos nuestros líderes políticos, militares y religiosos, tras lo cuál nos convertimos en una minoría en nuestra propia tierra”, relata.

Estima en unos 25.000 los tártaros que han dicho basta y han emigrado a otros países, de un total de 284.000 que vivían en el territorio bañado por el mar Negro cuando fue arriada la bandera ucraniana e izada la rusa. Recientemente, el presidente ucraniano, Petró Poroshenko, abordó este asunto con el líder turco, Recep Tayyip Erdogan, uno de los principales adalides de la causa tártara y que prometió buscar puestos de trabajo y viviendas para los exiliados de Crimea. “Si dices que no estás contento con la ocupación, te procesan penalmente. Si pides un nuevo referéndum también te encarcelan, ya que estás poniendo en duda la integridad territorial de Rusia”, lamenta. Como la Fiscalía crimea ilegalizó el Medzhlis, la Asamblea Popular tártara, entonces cualquier tártaro que tenga algún vínculo con ese proscrito órgano es tachado de “colaborador con organización extremista”.

“Nos hacen la vida imposible. Putin me ha fastidiado la vejez. La verdad es que ya tenía ganas de descansar, pero la situación es de emergencia. Debo sacar fuerzas de flaqueza. La clave es no perder la identidad como pueblo, aunque vivamos bajo una ocupación”, asegura. En todo caso, se manifiesta “convencido” de que volverá a Crimea, en donde tiene prohibida la entrada, antes de morir. “Es una cuestión de tiempo. Ucrania será la última aventura militar de Rusia. Aunque todo dependerá de las sanciones occidentales. Si siguen, Rusia tendrá que ceder, comportarse como un país civilizado y respetar el derecho internacional”, resalta.

tartarosTártaros de Crimea

 

Recuerda que también cuando fue enviado a las minas de Kolimá, uno de los campos de trabajo más trágicamente célebres, le dijeron: “Nunca saldrás de aquí. Y yo les respondí que la URSS se desintegrará. Y así ocurrió”. “Rusia es un país agresor, pero no es la Unión Soviética. Ya no cuenta con el apoyo del Pacto de Varsovia ni con el bando socialista. Su potencial es mucho menor”, subraya Dzhemílev quien considera que todas las desgracias vividas por su pueblo comenzaron en 1783, cuando el imperio ruso conquistó Crimea. Le alienta también el hecho de que, desde la anexión rusa, los ucranianos apoyan “incondicionalmente” a los tártaros, cuando antes algunos altos funcionarios ucranianos les acusaban de “querer convertir a Crimea en otra Kosovo”.

Recuerda que Andréi Sájarov, el científico soviético que se convirtió en un defensor de los derechos humanos y que da nombre al galardón, le salvó la vida cuando estaba en el gulag. “En 1976 me declaré en huelga de hambre. (Andréi) Sájarov se dirigió a los países islámicos para que intercedieran ante el Kremlin. Gracias a su intervención, el KGB intentó salvarme la vida”, recuerda. Dzhemílev destaca que Sájarov, que recibió el Nobel de la Paz en 1975, siempre apoyó la causa tártara y fue un “apoyo moral” muy importante para ese pueblo.

 
Un artículo de Ignacio Ortega / euroefe.es   27.0ctubre.2016  

 

 

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