Vivimos bajo un mismo cielo aunque divisemos distintos horizontes

Reflexiones desde París

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 Cuando en la Europa del siglo XI

se mataba al grito de “Dios lo quiere”

 

Parto de la base que todos estamos condicionados por el lugar, época y país en la que nos ha tocado vivir y educarnos. (Eso no creo que admita dudas) a la vez estamos manipulados en mayor o menor medida por la información e influenciados por las tendencias sociales que nos rodea, aunque en esto sí encontraremos a mentes preclaras que creen (y digo creen) estar por encima de estas influencias.
 
Dentro de estas influencias en la Europa de hoy, existe una corriente en parte de la sociedad que predica el ‘buenismo’ de salón en las redes sociales y reuniones de amigos. A veces se posicionan con actitudes que desbarran hacia lo naif a la hora de analizar ciertos problemas aportando utópicas soluciones. Cuando la opinión cuidadana cede ante la presión de lo ‘social y políticamente correcto’ este progresismo impostado se convierte en tolerancia irresponsable. Cuando postular en un único sentido lleva a muchos a guardar silencio cuando los vientos son contrarios. A leer los libros de historia a salto de páginas desfavorables, obviando aquello que no interesa recordar porque resta más que suma en nuestro ‘argumentario’.
 
El problema de lo sucedido en París no es consecuencia de la religión en sí.  Pero sí lo es cuando la religión va ligada al poder o es el poder en sí mismo, como ocurre en los Estados donde dirige y regula la vida de sus ciudadanos. Estados Laicos, Confesionales y Teocráticos son regímenes donde el ciudadano se encuentra de menor a mayor medida influido por la religión, condicionado por sus dogmas y moldeado por sus doctrinas. El ser humano tiende a evolucionar, pero la religión como conjunto de rituales y creencias está destinada a permanecer en el tiempo, a no evolucionar o hacerlo de manera muy limitada, por lo que el progreso humanístico de una sociedad suele ser inversamente proporcional a la influencia de su religión.
 
Durante 500 años, en la Europa cristiana de finales del siglo XI hasta el XVI tenemos historias de Cruzadas para aburrir. Comenzando en el 1095 con la Primera, lanzada contra los ‘infieles’ por el Papa Urbano II al revelador grito de “DIOS LO QUIERE”.

 

Templario

Caballero de Cristo. Templario
 
Era aquella una Europa de herejes consumiéndose en las hogueras. La Europa donde la mayor actividad militar provenía de los ejércitos del Papa. La Europa de reyes y emperadores que apoyaban a la Iglesia con sus ejércitos, unos por convicción y otros por temor a ser excomulgados o a perder el beneplácito de la Santa Sede. La Europa de reyes ‘católicos’ y emperadores ‘sacros’. Era la Europa donde se mataba o ajusticiaba en nombre de Dios. Era la Europa de los conquistadores de las Américas del s. XVI que imponían a sangre y fuego la religión como bandera. El proselitismo llevado a sus últimas consecuencias…
 
…pero todo esto sucedió como poco hace 500 años.

 

Colon

 Cristobal Colón en las Américas
 
El movimiento cultural del Renacimiento en los siglos XV y XVI trajo a Europa Occidental la descomposición del feudalismo y la vuelta a los valores de la cultura clásica difundiéndose las ideas del Humanismo y liberándose con ello de dogmatismos y teocentrismos medievales. Fue la transición del mundo medieval al mundo moderno. Un incipiente triunfo del individuo frente al dogma.
 
Tras el Renacimiento llegó la Ilustración, desde finales del siglo XVII y casi todo el XVIII. Fue denominado así por su declarada finalidad de disipar las tinieblas de la humanidad mediante las luces del conocimiento y de la razón. Tinieblas muy bien alimentadas hasta entonces por la Iglesia como herramienta siempre de coacción y casi siempre de coerción. El Humanismo surgido durante el Renacimiento se consolida con la corriente Racionalista que termina por deshacer la omnipresente “alianza entre el trono y el altar”.   El siglo XVIII es conocido por este motivo como el Siglo de las Luces.
 
Con el tiempo los países europeos (en mayor o menor medida) supieron mantener a cierta distancia la religión del Estado, relegándola a un segundo plano y alejándola poco a poco lo más posible de las esferas de gobierno.  

 

 

No siempre  el camino ha sido fácil.

IRA

El conflicto de Irlanda del Norte enfrentó, por un lado, a los unionistas de Irlanda del Norte de religión protestante, y por otro lado a los republicanos irlandeses, generalmente de religión católica partidarios de la independencia o bien de la integración en la República de Irlanda, país de religión católica.

 

 

La evolución social y el progreso de los Estados Laicos han llevado velocidades muy distintas de aquellos Estados Teocráticos que hasta hoy día continúan con esta rémora. Habría que preguntarse por qué hoy día, excluyendo el Vaticano, ninguno de estos Estados forma parte del llamado Primer Mundo.

 

 

El Estado griego no termina de alejar la presencia de la iglesia de sus instituciones    
Tsipras Parlamento Griego Iglesia ortodoxa presente en la constitución del Parlamento

 

Grecia juramento ministrosGrecia.  Juramento del cargo de ministros del gobierno de Syriza

 

 

Fuera de Europa, en países donde la democracia sucumbe ante la teocracia, sólo una ínfima parte se deja arrastrar por el extremismo de su religión, pero como he leído en diversos sitios, valorar lo sucedido en París como actos perpretados por locos o enfermos es muy cómodo a la hora de intentar explicar el problema. Los locos y los enfermos no se organizan a cientos de miles y si así lo parece, solo puede explicarse si la locura es inducida o la enfermedad es inoculada. Otras explicaciones apuntan a que se trata de una salida violenta de personas altamente marginadas que sufren una exclusión y desarraigo total. Pienso en esto e intento recordar una respuesta del mismo calibre por parte de algún grupo marginado de ciudadanos educados en el laicismo. 
 
Nadie duda que cualquier religión en sí misma es paz y el que lo dude se equivoca, pero más se equivoca el que piensa que absolutamente nada tiene que ver en todo este asunto. Estados teocráticos que impiden que su sociedad se organice y desarrolle de forma independiente, que no admiten otras confesiones dentro de sus fronteras, que coarta los derechos y libertades de sus mujeres relegándolas a un plano inferior, que no permiten matrimonios mixtos, que no admiten la apostasía, que practican con ahínco el proselitismo, son Estados capaces de generar desgraciadamente caldos de cultivo indeseables.  

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