Vivimos bajo un mismo cielo aunque divisemos distintos horizontes

Rusia reprime el separatismo que fomenta en Ucrania.

El Kremlin encarcela a quienes promueven en Rusia lo mismo que Moscú reclama para Ucrania.

Una nueva ley criminaliza “incitar” al separatismo. Putin revierte la federalización que promovió Yeltsin

En la guerra civil en Ucrania, que se ha cobrado cerca de 7.000 vidas, Moscú no ha dejado de apoyar a los separatistas, para forzar así a Kiev a convertir Ucrania en un país donde las regiones tengan voz, y voto. Y también presupuesto e instituciones. Pero, dentro de Rusia, los derechos de la regiones no son vistos con tan buenos ojos por Moscú. Daria Poliudova, una activista de izquierdas, está encarcelada por promover para una región rusa exactamente lo mismo que Moscú reclama para Ucrania. Ha sido acusada de separatismo y se encuentra en prisión provisional tras haber cumplido dos semanas por su participación en una manifestación que reclamaba una mayor autonomía para la región de Krasnodar. Su caso ha saltado a las páginas de los periódicos porque es el primero derivado de la nueva ley que criminaliza “el incitar a cualquier acción que amenace la propia integridad territorial del país”. Sus compañeros aseguran que solo piden más autogobierno para la región, sin mencionar ni siquiera la palabra secesión.

Hace un año, Moscú reclamó Crimea aduciendo que fue suya hasta los años cincuenta. Pero Rusia tiene territorios de titularidad también discutible: Kaliningrado fue arrebatada a los alemanes al acabar la Segunda Guerra Mundial; y Finlandia vio moverse su frontera hacia el Oeste en esa misma guerra.

El Kremlin lleva un año presionando al Gobierno ucraniano para que conceda más autonomía a las regiones del Este del país, que tienen una clara inclinación hacia Moscú. Pero sabe que dentro de sus fronteras también tiene territorios como Tataristán, donde dos millones de tártaros musulmanes representan más de la mitad de la población. “Vivimos en paz en parte gracias a que tenemos nuestras instituciones, y eso es algo que se le ha negado a otras regiones”, explica Helena Aligeva, una abogada tártara afincada en Moscú.

Al otro lado de la frontera oeste, con el apoyo ruso a los separatistas en forma de armas e incluso soldados, Kiev se ha visto forzado a negociar sobre su territorio una descentralización inspirada por un Gobierno ruso que, sin embargo, la persigue dentro de Rusia. Ya el año pasado las autoridades prohibieron una marcha por la independencia de Siberia y amenazaron con bloquear la señal del servicio en ruso de la BBC por su cobertura de las protestas separatistas.

Vista de la explotación petrolifera en Vankor, en el Este de Siberia (Reuters).Vista de la explotación petrolifera en Vankor, en el Este de Siberia (Reuters).

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La agencia que supervisa Internet, Roskomnadzor, exigió el cierre de la página que promovía una de las manifestaciones para dar más autonomía a Siberia, organizada por el excéntrico artista local Artiom Loskutov, que suele organizar movilizaciones con distintas temáticas para promover la “reflexión” sobre el futuro de este territorio. Allí, como recuerda el analista Mark Adomamis, la población de procedencia rusa es claramente mayoritaria”, por lo que una secesión es “improbable”. Entre la población de Siberia, sin embargo, sí se han extendido algunas reivindicaciones, como que las gigantes empresas energéticas que operan en la zona paguen impuestos allí.

Loskutov dice que quiere “ridiculizar” la intromisión rusa en Ucrania usando la misma retórica que utiliza “nuestro Gobierno y la propaganda”. Mientras en Ucrania Moscú ha servido de patrocinador y altavoz de los separatistas de Donetsk y Lugansk, en Rusia está prohibido tensar la cuerda. Entre las últimas provocaciones del siberiano Loskutov figura el haber convocado una movilización callejera bajo el eslogan “Ad Nash” (“El infierno es nuestro”), una frase que parodia el conocido eslogan patriotero “Krim Nash (“Crimea es nuestra”). Los medios estatales han borrado los artículos sobre él. Y las páginas en redes sociales creadas para sus eventos han sido bloqueadas y solo pueden consultarse desde fuera de Rusia.

Pero en el caso de la actividad política de Poliudova, las autoridades rusas han ido más allá de bloquear una página. Se le han imputado cargos penales como el de “llamamientos a violar la integridad territorial de la Federación de Rusia”.

¿”Repúblicas populares” en Rusia?

Lo que Poliudova y los suyos defienden es un estatus federal para Kubán, un término de la era zarista que engloba Krasnodar y otros territorios cercanos. A pesar de la presión policial, tienen convocada una manifestación para el mes que viene, y así hasta lograr que la región pueda recaudar parte de los impuestos y tener un cierto autogobierno. Este colectivo a favor de la federalización cree que “están siendo violados los derechos de los habitantes de Kubán, incluidos los de algunos ciudadanos de procedencia ucraniana”, una minoría que durante siglos tuvo una importante presencia en la zona, pero que se vio tan mermada durante el estalinismo que pasó el 50% al 1% actual.

Como guinda al desafío, lucen un logo que reza: “República Popular de Kuban”, calcado de las “repúblicas populares” incentivadas por Moscú en Ucrania. Al intentar acceder a su página en vKontakte, la red social más popular, uno se encuentra con que está bloqueada “a petición de la Fiscalía General de la Federación Rusa”. En mayo, Poliudova ya fue arrestada cuando estaba repartiendo pasquines contra el presidente ruso, Vladimir Putin. Se la acusó deincitar al extremismo y a la desintegración de Rusia. Tras seis meses en custodia, le dieron la libertad condicional.

Putin se dedicó durante años a revertir al federalización que había promovido su antecesor, Boris Yeltsin. Con el dinero de los beneficios el petróleo y el gas ha apuntalado ‘validos’ por todo el país y ha subvencionado fuertemente las regiones más problemáticas, como Chechenia. Si el flujo de dinero se seca, el Cáucaso puede ser uno de los primeros fusibles en saltar. Moscú, por si acaso, ha preparado la maquinaria legal para reprimirlo.

Javier C. Escalera. Moscú

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